De esos días en donde la reflexión madruga. Hubiese querido dormir hasta las 7, pero a las 5 el llamado del silencio matutino, el cielo nublado, el contexto diferente, me trajeron hasta aquí. Me incorporé en la cama y me pregunté: —¿Qué hago? Efectivamente, me di cuenta de que estaba imponiendo un estrés inexistente. «No tengo nada que hacer porque me desperté dos horas antes de lo previsto», me dije. Me costó asimilar este salto, aún con la noche empujada por el día. Cielo plomizo, habitación serena, perros relajados, confiados, callados.

Tuve el impulso de hacer alguna tarea, pero me detuve. Solo preparé el mate y me puse cómodo sobre una montaña de almohadas y cojines. Frolla suspiró y murmuró algo que traía en sus sueños. Una serie de mantras empezaron a darle intención a la jornada. Me acurruqué y sentí esa sensación amable de estar presente sin prisa. Una poesía sin urgencia, un libro que no quieres avanzar para que no termine.

Pensé en algunos capítulos de Friends, en algunos pacientes y sus desafíos; llegaron a mi mente recuerdos de familia, fotos intermitentes de seres queridos, sensaciones de espacio y tiempo, certezas en lo incierto, tranquilidad en lo desconocido, más agradabilidad en el momento presente.

Tomé un libro y empecé a leer a la autora y su visión de cómo había llegado a pensar las páginas de su obra. Me gustó una simple y clara explicación de su vulnerabilidad como la puerta de entrada a la observación.

Tomé como referencia su prefacio para observarme a mí mismo. El libro habla de cómo desmantelar la idea abstracta, cultural e irreal de ser perfectos. Quise remarcar cada párrafo que leía porque todo resonaba, y decidí no hacerlo porque al fin solo cambiaría el color de trescientas páginas.

Al mismo tiempo, iba gestando mi mensaje para el canal que tenemos aquí en Instagram. Asocié temas y derivé en compartirles la experiencia de cómo aprender a decir «Hoy no puedo con esto». Entendí que gran parte de esta sensación de derrota o debilidad que representa decir «no puedo» está asociada a la idea de ser perfectos, siempre actuar, tener una razón para todo o explicarnos todo de la manera más «queda bien» y menos auténtica.

Y recordé que en ese lugar hemos estado o estamos muchos de nosotros: el sitio donde cargamos la expectativa del otro, donde las lealtades invisibles nos impregnan de frustración, donde cumplir y cumplir nos aleja de escucharnos, donde la comparación nos pone en una cuerda floja de autoestima y donde el ego nos hace vivir entre faltantes, luchas y resistencias.

Transcurrió la mañana y, empezando mi primera cita del día, un claxon (bocina de auto) irrumpió en la monotonía. Hicimos una pausa con mi paciente hasta que se calmara el conductor o la conductora. Analizamos cómo una persona puede estar tan alterada para increpar a una señora que intentaba salir de su garaje.

Y quizás también esa persona está en una batalla con su propia necesidad de ser perfecta, de llegar a tiempo, de estar a disgusto porque siente que nada tiene o lo que tiene no alcanza, de no recibir amor o no sentirse amada, de enfocarse en el miedo de la supervivencia y de no aceptar su realidad como lo que es: un instante de vida que pasa volando.